martes, 4 de noviembre de 2008

Toma del Liceo A-12: EN EL CENTRO DE LA TORMENTA







Algo grande está naciendo en la década de los 80…”
(Los Prisioneros)

La toma del Liceo A-12 de Providencia, ocurrida en 1985, marcó la historia de una parte de la generación joven de los años 80. Es una historia colectiva, aún no escrita.

“Me ubiqué en el frontis del Liceo. De pronto, alguien gritó: “¡Ahora, entremos compañeros!” Luego los hechos se sucedieron con rapidez: estudiantes con pañuelos y pasamontañas, tipos de bigote tratando de impedir nuestro ingreso, forcejeos, gritos, adrenalina… Una vez en el interior del A-12 vi que un grupo de cabros amontonaba bancas y mesas en la puerta principal. Blindaje, le llamaban…”

“Después todo fue una explosión de imágenes: un lienzo que decía “Hoy estudiante, mañana cesante”; rayados que se multiplicaban por todos lados, en las paredes, en los baños y en los patios; gritos y discursos; instrucciones de los dirigentes a viva voz y por megáfono; miles de panfletos que volaban…y también el miedo, mucho miedo”.

Así recuerda Osvaldo Silva, que en 1985 tenía 17 años, la toma del Liceo A-12 de Providencia, que constituyó una de las expresiones estudiantiles de mayor impacto durante el régimen militar.

Era una fría mañana del miércoles 10 de julio de 1985 y los diarios, al día siguiente, publicaron sendos titulares rojos de primera página, aludiendo a los “vándalos (que) arrasaron con el Liceo 12”, incorporando las respectivas fotografías de los quinceañeros malhechores. Por primera vez la opinión pública posaba su mirada en la rebeldía de los estudiantes secundarios y el régimen se vio obligado a responder. El entonces ministro Francisco Javier Cuadra señaló que tenían antecedentes que establecían que la masiva acción era “parte de un siniestro plan extremista”.

Durante semanas, el tema se mantuvo en el centro del debate nacional.

Cuando comenzamos a nacer…

La historia de la reconstrucción del movimiento estudiantil secundario se había iniciado bastante antes. Desde fines de la década de los 70 los liceanos comenzaron soterradamente a crear sus propias organizaciones democráticas
[1] dentro de los establecimientos respectivos. Se les veía en los rincones del patio, conversando en voz baja sobre la próxima acción a realizar, siempre bajo la mirada vigilante de los inspectores. No pocos de estos eran informantes de la DINA y luego de la CNI.

Los rayados en los baños, que exigían elecciones democráticas de centros de alumnos, los panfletos que caían misteriosamente en los recreos y las consignas escritas a la rápida en los bancos, fueron las primeras expresiones de protesta de los estudiantes secundarios.

Con la irrupción de las manifestaciones nacionales contra el régimen, en 1983, comenzaron a ser vistos en las calles, con su inconfundible uniforme de pingüinos. Por esos días se aceleraron los intentos por conformar un movimiento que agrupara sin exclusiones, a nivel metropolitano, a todos los estudiantes democráticos.

Sin embargo, hasta 1985 habían sido infructuosos todos los esfuerzos en ese sentido. Existían dos organizaciones, constituidas según los criterios políticos del panorama nacional en esos momentos.

La Coordinadora de Organizaciones de Enseñanza Media (COEM), formada progresivamente entre 1983 y 1984, expresaba al conjunto de la izquierda, agrupada en Comités Democráticos (CODES) en cada liceo. Por otro lado, existía también la Asociación de Estudiantes Cristianos (ASEC), formada a fines de 1983, y que representaba a la Juventud Demócrata Cristiana (JDC) de enseñanza media.

El encuentro se produjo en abril de 1985.

La idea se gestó una tarde, en la vetusta sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (en la esquina de Huérfanos con Almirante Barroso), en una conversación informal entre cuatro liceanos de posturas políticas diferentes.

Los democristianos Patricio Rivera y Carlos Olivares (presidente y vicepresidente de la ASEC, respectivamente) abrieron la discusión. “Este año ingresamos al Liceo A-12 de Providencia… y estamos trabajando coordinadamente con el CODE”, dijo Olivares, con la inconfundible voz de aristócrata que lo caracterizaba. Patricio Rivera, que se había mantenido atento, dejó de mascar su interminable chicle y agregó: “estamos dejando cagadas juntos y queremos seguir dejando cagadas con ustedes, pero a todo nivel, ¿cachai?”...

Víctor Osorio (uno de los coordinadores del COEM, militante de la Izquierda Cristiana, IC) y Nelson Flores, integrante de las mismas entidades, escucharon en silencio. Osorio expiró la última bocanada de humo de sus infaltables cigarrillos y finalmente habló con su calma acostumbrada. Propuso una reunión formal para encontrar la anhelada fórmula de unidad.

El encuentro se realizó un sábado, en una añosa casona de propiedad de la JDC en la calle Carrera. Patricio Rivera vivía transitoriamente allí, dada su condición de damnificado por el terremoto de marzo de ese año. Al encuentro asistieron, además de los ya mencionados, Carlos Vásquez, militante de las JJCC y presidente del Centro de Alumnos del Liceo de Aplicación y Samuel Gajardo, del mismo establecimiento y colectividad.

La conversación fue fluida. Y el consenso giró en base a la proposición de Osorio. “Construyamos una coordinación entre el COEM y la ASEC, sin que nadie renuncie a su identidad propia ni su independencia organizativa”, dijo. El objetivo entonces sería reconstruir la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESE), disuelta por los militares en 1974. También se convino que se ocuparía “la movilización social y la desobediencia civil” como estrategia.

Los democristianos propusieron un nombre: Comité PRO FESES

El segundo paso acordado fue organizar una reunión con todas las juventudes políticas y principales dirigentes sociales de la enseñanza media, para construir un acuerdo global. La JDC, eso sí, colocó una condición: no aceptarían la participación del MIR.

Muy luego se incorporó una nueva organización de estudiantes secundarios, formada por la juventud Socialdemócrata (JSD): la Acción Democrática estudiantil (ADE).

Una semana después, a la sede central de la JDC (en calle Fanor Velasco) llegaban apurados los misteriosos representantes de la IC, de la JS Almeyda y de las JJCC.

Por la JDC intervinieron Miguel Salazar, entonces presidente de la juventud de la falange, y Luis Canto. Por los socialistas concurrieron Jaime Pérez de Arce y Juan Pablo Letelier.

En forma unánime acordaron los criterios de fundación del nuevo organismo. Salvo por un pequeñísimo detalle; tanto la JDC como las JJCC se disputaron acaloradamente la presidencia de la naciente entidad. Finalmente, la IC sacó de la manga una fórmula mágica: un comité ejecutivo compuesto por un representante de cada juventud política (“siempre y cuando se trate de dirigentes sociales legitimados”). El órgano directivo tendría una estructura horizontal y se actuaría por consenso.

Así las cosas, el Comité Ejecutivo fue formado por Patricio Rivera (JDC), Víctor Osorio (IC), Gonzalo Durán (JS Almeyda), Norberto Salinas (JSD) y Lawrence Maxwell (JJCC).

A comienzos de mayo de 1985, por fin, se reunía por primera vez el Comité PRO FESES. Una centena de expectantes dirigentes de los diversos liceos de la región metropolitana daban comienzo a un tiempo que marcaría la historia del movimiento estudiantil en el país.

Los primeros pasos

A comienzos de ese mismo mes, cuatro liceanos ingresaban por la puerta principal del Ministerio de Educación. Eran los dirigentes del naciente Comité PRO FESES. Un silencioso guardia civil los escoltó hasta las oficinas principales, en donde los aguardaba el propio Subsecretario de Educación, René Salamé.

Los estudiantes expusieron ampliamente sus demandas, sintetizadas en un pliego de reivindicaciones. Exigían: derogación del Decreto ley 741 de 1974, que impedía la elección democrática de los Centros de Alumnos; rebaja del pasaje escolar a un 10 por ciento respecto del adulto y su extensión al Metro; gratuidad de la inscripción para la Prueba de Aptitud Académica; y la designación de un ministro en visita que investigase la muerte de estudiantes secundarios ocurridas durante las jornadas de protesta nacional.

Ante la sorpresa de los jóvenes, Salamé quedó encantado y, con la sonrisa a flor de labios, alabó largamente que los secundarios se organizaran. Incluso planteó la posibilidad de una entrevista con el General Pinochet. “Es bueno que el Presidente conozca a los representantes de los jóvenes”, dijo en tono paternal.

Al finalizar la cordial reunión, Salamé los acompañó hasta la puerta de Alameda. Los dirigentes liceanos se lo habían pedido expresamente por temor de ser detenidos. Aunque no se lo aclararon, en la calle esperaban, expectantes, cerca de 600 estudiantes secundarios. Cuando el Subsecretario los vio, exclamo ofuscado: “¡Ah… pero si yo hubiese sabido que venían con esta patota yo mismo les habría echado a los carabineros!”.

Por cierto, esa fue la primera y última reunión entre autoridades de gobierno y el Comité PRO FESES. El petitorio jamás fue respondido y los estudiantes comenzaron a diseñar las nuevas formas de acción que emplearían para ser escuchados. No les fue tan complejo ponerse de acuerdo. A pesar de provenir de diferentes organizaciones políticas, los estudiantes sentían, honestamente, que había una causa mayor que los llamaba a la unidad.

Semanas después, los estudiantes democristianos irrumpieron exaltados en una de las reuniones regulares del PRO FESES. “El Liceo A-12 eligió democráticamente su Centro de Alumnos”, dijeron, agregando que la rectoría había desconocido los resultados, en cumplimiento de instrucciones de la alcaldesa de Providencia, Carmen Grez.

El presidente generado en elecciones libres era un joven democristiano, fácilmente reconocible por su infaltable gorrita negra, descendiente de palestinos y ferviente admirador de la OLP: José Antonio Sabat.

Esa misma noche, en una casa particular en la calle Bulnes, se reunieron informalmente Rivera y Osorio. La idea de tomarse el liceo se dibujó por primera vez en la imaginación de los secundarios. La propuesta fue presentada al Comité Ejecutivo y resultó rápidamente aceptada. La toma se realizaría la última semana de mayo.

Rodrigo Yaconi, estudiante del Colegio Notre dame y militante de la IC, se paseaba con un cigarro en la boca ante la puerta principal del Liceo A-12. Era el día acordado.

El joven estaba nervioso ante el gran momento. Y aunque aseguró después que quería pasar desapercibido entre los alumnos que ingresaban regularmente al establecimiento, el inspector Sergio Aqueveque, al parecer, no compartía su apreciación. De inmediato se percató de que Rodrigo no podía pertenecer al liceo, tanto por su blue jeans desteñido como por su enmarañada cabellera que le cubría los hombros. Aqueveque lo agarro de un brazo violentamente, y otro estudiante, el Moncho (también miembro de la IC), salió en su ayuda, liberando a Rodrigo de su captor.

Los dirigentes del Comité PRO FESES y los estudiantes, que aún no ingresaban al liceo, al ver lo que ocurría, entraron en forma desordenada al establecimiento, echando abajo toda la planificación. Los intentos por controlar el liceo fueron inútiles, por lo que en algunos minutos se dio la orden de desalojar.

La toma había fracasado.

Caminando de nuevo

En el Comité PRO FESES hubo inmediato consenso: había que hacer otra toma. A comienzos de junio ya estaba clara la fecha: miércoles 10 de julio. Ahora, los detalles serían meticulosamente planificados.

El comité de autodefensa del COEM se estructuró con delegados de los comités democráticos de cada liceo, en un número cercano a los 200 integrantes. Su propósito sería defender mediante la fuerza las movilizaciones y planificarlas en términos operativos. La coordinación de esta área recayó en un carismático dirigente del Colegio Francisco de Miranda, alto, macizo, de tez y pelo claros.

La estructura de defensa trabajó arduamente. Pronto se contó con planos detallados del establecimiento, mapas con la ubicación geográfica del liceo (con localización espacio-temporal de las unidades policiales más próximos), fotografías e incluso diapositivas de todo el recinto, además de una completa información sobre sus dependencias y su personal docente y administrativo.

Para conseguir todo ese material se realizaron las proezas más insólitas: un grupo de jóvenes logró subir al campanario mayor de una iglesia próxima al establecimiento para tomar fotografías; otros, simulando ser una pareja de amorosos pololos retratándose, procedían a fotografiar el liceo por dentro, frente a la plácida mirada de los inspectores.

Poco antes de la toma, los alumnos del Instituto Hebreo aportaron una valiosa donación: un megáfono.

Para los efectos del plan operativo que se desplegaría ese día, se constituyeron tres unidades o brigadas: la roja, encargada de tomar por asalto el establecimiento, lo que implicaba neutralizar cualquier foco de resistencia, controlar las oficinas administrativas y retener a los funcionarios en un mismo lugar. La brigada negra, que treparía a los techos y organizaría la defensa del liceo y, por último, la brigada verde, que se abocaría a controlar el orden en los patios durante el desarrollo de la toma.

Cada liceo tuvo que cumplir con determinadas cuotas de materiales, que iban desde candados, lienzos y pintura en spray.

Por su lado, el Comité Ejecutivo del PRO FESES también dividió sus funciones: Osorio dirigiría un acto que se desarrollaría a lo largo de la toma, esclareciendo los fundamentos de la movilización; Rivera y Maxwell negociarían con las autoridades del Ministerio de Educación.

Además, se creó una “comisión externa”, encargada de coordinar la acción fuera del liceo, en lo referido a la información a la prensa y al contacto con abogados, personalidades políticas y sociales, etc. En esa tarea participó un ex alumno del Liceo A-12, entonces militante de la Izquierda Cristiana: Ariel Antonioletti, el mismo que años más tarde moriría en un enfrentamiento con Investigaciones, luego de ser rescatado por un comando del MAPU-Lautaro.

Tan sólo el día inmediatamente anterior a la toma se comunicó el lugar de la acción a un representante de cada liceo, quien luego debía informar a los estudiantes que en cada establecimiento estaban comprometidos para participar.

Sin embargo, en los últimos momentos irrumpió un problema. Una semana antes de la toma, la directiva nacional de la JDC acordó que no se aceptaría la participación de su militancia en la acción. Temían que la izquierda pudiera llevar molotov ese día. Sus miedos eran fundados: el cuidador de la sede de Fanor Velasco había sorprendido a secundarios democristianos fabricando afanosamente bombas molotov en el baño del tercer piso. Por último, los dirigentes de la DC argumentaron que se podía negociar con el Ministerio de Educación el reintegro total de los expulsados del Liceo A-12.

Los dirigentes de izquierda del Comité PRO FESES se enteraron de la maniobra e intentaron impedir el virtual quiebre de la toma. Durante toda la tarde del 7 de julio, Gonzalo Durán, Lawrence Maxwell y el coordinador de autodefensa intentaron persuadir a Patricio Rivera sobre la conveniencia de llevar a cabo la movilización. Su argumento era contundente: el problema no eran sólo los expulsados, el asunto era un petitorio con demandas mínimas que no había sido respondido por el régimen.

Esa noche, Osorio y Rivera llegaron a un acuerdo final en la esquina de la Alameda con Roberto Pretot, mientras comían unas aceitosas sopaipillas compradas en un puesto callejero.

El 9 de julio, Miguel Salazar se reunió con todos los militantes de la JDC de enseñanza media. Les explicó que, en caso de efectuarse la toma, estaba prohibido asistir a los democristianos, agregando un ultimátum: los que desobedecieran la orden partidaria serían suspendidos en su militancia e incluso podrían ser expulsados. Además, no contarían con la ayuda del Partido si se producían detenciones u otros hechos más graves.

Sólo Alejandro Bravo, conocido como “Pluto” y uno de los JDC más indisciplinados protestó por la medida. La mayoría guardó silencio. Pese a todo, la suerte estaba echada. Los estudiantes secundarios de la JDC estaban resueltos a no dar pie atrás.

“Ser un poco héroes”

Y por fin llegó el día.

Todo salió en conformidad a los planes. En cinco minutos el Liceo A-12 estaba bajo control del Comité PRO FESES. Las puertas estaban cerradas con gruesas cadenas y candados. La directora y todos los profesores, paradocentes y auxiliares estaban retenidos en una de las salas. Las oficinas administrativas (con sus respectivos teléfonos) estaban copadas. Las brigadas operativas del PRO FESES ya estaban actuando por todo el liceo y en los techos se instalaron bancas para proteger a los defensores.

Entre los muchos lienzos y banderas chilenas desplegadas, destacaba uno, llevado por estudiantes de las Juventudes Comunistas de la zona oriente de Santiago. “Seguridad para estudiar, libertad para vivir”. El lema reflejó los sueños del Comité PRO FESES, por lo que, desde ese día, fue adoptado como su consigna oficial.

Mientras los dirigentes asignados a esa tarea intentaban comunicarse con el Ministerio de Educación, los alumnos del mismo Liceo A-12 se sumaban entusiastamente a la toma.

La primera hora transcurrió repleta de alegría. Osorio dio comienzo al acto en el patio central, y mientras explicaba los motivos de la ocupación una anónima alumna del establecimiento se subió al estrado y quemó la foto oficial del general Pinochet, en medio de la algarabía colectiva. Estudiantes de la Juventud Socialista entonaron, guitarra en mano, el himno izquierdista “Venceremos”, en medio de una rara mezcla de puños en alto y manos en “V”, símbolo de los democristianos. Luego, se realizó un plebiscito en el que el 84 por ciento de los estudiantes del A-12 se pronunció favorablemente por las elecciones democráticas de su Centro de Alumnos.

En esa primera hora y media, algunos apoderados ingresaron a retirar a sus hijos, dado que en esa jornada también estudiaban alumnos de 7° y 8° básico. Maxwell los recibía en el acceso de la puerta principal y Osorio llamaba por sus nombres a los alumnos requeridos por sus padres. Ocurrió entonces que una señora solicitó se llamara a su “hijito”. Por el megáfono se llamó al niño. No pasó nada. Transcurrieron quince minutos del acto, siempre con la nerviosa señora al lado del estrado.

Luego de otros dos llamados infructuosos, se le sugirió a la angustiada madre que esperase en la zona de las oficinas. Osorio llamó por tercera vez al chico de séptimo básico. En eso estaba cuando un pequeño, con un pañuelo en la cara, se acercó agazapado al estrado. “Oye…yo soy al que están buscando, no me sigai llamando, no me quiero ir…”

A las nueve y media de la mañana, un impresionante despliegue de carabineros con helicópteros, tanquetas, radiopatrullas, furgones, buses, carros lanza-aguas y lanza-gases estableció un cerco en torno al liceo. Comenzaron a impedir el paso de los numerosos curiosos y de los no menos cuantiosos padres y apoderados que se habían reunido.

Mientras, los esfuerzos por comunicarse con el Ministerio de Educación habían sido infructuosos.
Entre el alumnado los rumores, la expectativas u los miedos se desparramaron veloces. Los dirigentes trataban de centrar todo su esfuerzo en mantener la calma y el orden.

Mientras tanto, en la esquina norte de los techos, un grupo de liceanos encapuchados mantenía un singular diálogo con el guanaco. “Paco c… ¿estai aburrido?”, le gritaban los jóvenes, y el vehículo policial movía afirmativamente su pistón. “Paco, ¿tenís hambre?” y de nuevo el carro lanza-agua asintió. La insólita conversación se prolongó por largos minutos.

Cerca de las diez de la mañana, los dirigentes tomaron una decisión dramática: “los pacos definitivamente van a entrar; es suicida defender el liceo, hay que entregarse”.

Sin comunicar la crucial resolución, los cuatro dirigentes del PRO FESES corrieron desesperados por todo el liceo; había que hacer bajar a los defensores apostados en los techos; pedir a todo el mundo que abandonara sus posiciones; dar instrucciones de deshacerse de cualquier material “comprometedor”; distribuir carnés, insignias y libretas del Liceo A-12 a los alumnos que venían de otros establecimientos.

En quince minutos lograron que todo el mundo se sentara en el suelo del patio. En el momento justo en que los dirigentes iban a explicar lo que pasaba, ingresaron decenas y decenas de carabineros por todos los accesos del liceo. Entraron rompiendo puertas quebrando vidrios, pateando obstáculos. En menos de dos minutos las fuerzas especiales estaban desplegadas por todos los rincones del establecimiento y, además, tenían rodeados a los muchachos que todavía permanecían sentados en el patio.

Afuera, centenares de apoderados gritaban desesperados. Una mujer ya mayor, mientras lloraba, intentaba hacerse oír con su otoñal voz: “no se lleven a mi nieta, a mi niñita no!”. Los más osados lanzaban insultos a los carabineros.

A esas alturas, la totalidad de la prensa nacional estaba reunida en el lugar. Radio Cooperativa estaba transmitiendo despachos en directo para todo el país desde hacía horas.

Al interior del establecimiento, el inspector general saltó a un banco e informó que sólo podrían salir los estudiantes que pertenecían al A-12. Los otros, serían detenidos. La casi unánime protesta, con rechiflas, gritos y alumnos poniéndose de pie, fue rápidamente acallada, a lumazos.

En un espontáneo gesto de solidaridad los alumnos del Liceo A- 12 comenzaron a “apadrinar” a los estudiantes “foráneos”, entregándoles información respecto de la identidad de los profesores e integrándolos a sus respectivos cursos, los que empezaron a salir formados y en orden. Algunos cursos aparecían con hasta 80 integrantes… Sin embargo, muy pocos lograron escapar. Los inspectores se encargarían de cumplir la tarea de la delación.

El estudiante Juan Azócar, dirigente del Barros Borgoño y militante de la JS Almeyda, era el protegido de una alumna del Tercer Año B del Liceo A-12. Encapuchado y todo, había pasado más tiempo conversando con ella que cuidando el sector que tenía a cargo. La alumna del A-12, antes de que ingresara carabineros, le había dado una insignia de su establecimiento y le había hecho memorizar el nombre de todos sus profesores. Al llegar a la puerta, el oficial de Carabineros y el inspector Aqueveque lo interrogaron acuciosamente sobre quienes eran sus maestros de castellano, de matemáticas, también por el de ciencias sociales y el de filosofía. Juan pasó en forma impecable la difícil prueba, cuya aprobación significaba la libertad. Hastiado del interrogatorio, Aqueveque sacó su última carta: “dígame, joven… ¿quién soy yo?”. Ese fue el único nombre que su amiga olvidó darle…

Resignado, Juan entregó su brazo a un carabinero.

El coronel Kerko Yaksic, a cargo del operativo, detuvo a 315 jóvenes. Fueron trasladados a la 19 Comisaría de Providencia. Decenas fueron maltratados y golpeados durante la detención y en el trayecto hasta el recinto policial. Todas las mujeres fueron subidas a un único bus. En el trayecto entonaron muertas de la risa “El Pueblo Unido Jamás Será Vencido”.

En la comisaría, luego de tenerlos de pie y en posición firmes por horas, fueron encerrados en un gimnasio.

Un cabo se acercó a Víctor Osorio.

- “¿Estai nerviso cabro?”
- “¡Más o menos!
- “Esto es pa que aprendai como son las cosas. Todos los huevones que son los dirigentes de ustedes y que se los engrupieron para que se metieran en esta cuestión fueron los primeros en arrancar, y ahora están echados en sus casas, mientras ustedes, por huevones, van a pagar el pato. ¿Te dai cuenta?”
- “Claro”

Osorio, en su interior, sonrió. El carabinero aquel no podía imaginar que estaba hablando, precisamente, con uno de esos mismos dirigentes a los que aludía. Tampoco llegó a enterarse que todos los dirigentes sociales y políticos opositores de la enseñanza media estaban allí detenidos.

En la tarde llegaron tres civiles no identificados. Todos de bigotes, lentes oscuros y parkas azules, con radio-transmisores, pistolas en la sobaquera y libretas negras. Durante cuatro horas, que parecieron eternas, se pasearon lentamente frente a los adolescentes, fijando la mirada en cada uno…hasta que alguno les parecía “sospechoso” y lo sacaban fuera del lugar para interrogarlo. La tensión era asfixiante. Las frentes de muchos liceanos estaban empapadas en sudor. En total, 26 alumnos fueron “elegidos” por los civiles no identificados.

Mediante este poco riguroso “método de inteligencia” el ministro del Interior, Ricardo garcía, se enteró –e informó al país- sobre la identidad de los “activistas” y “cabecillas” de la toma. El señor ministro ignoraba que la labor de los agentes de seguridad no logró ubicar a ni uno solo de los dirigentes públicos e internos del Comité PRO FESES.

Casi a las 21:00 horas, los estudiantes fueron gradualmente dejados en libertad. Afuera de la comisaría los esperaban padres, periodistas, dirigentes del magisterio y de las federaciones universitarias. Muchos lloraron de alegría. Otros, puño en alto, entonaron el himno nacional.

Durante todo ese mes, el conflicto se mantuvo latente en el debate nacional: tanto la alcaldesa de Providencia Carmen Grez –que luego de la toma ordenó cerrar indefinidamente el establecimiento- como el entonces Ministro de Educación, Horacio Aránguiz, presentaron sus renuncias. La prensa nacional y los sectores políticos de la época comenzaron a poner atención en las demandas y en la movilización de los pingüinos, que habían irrumpido con fuerza como un nuevo actor social.

La toma del Liceo A-12, en tanto, quedaría como una referencia obligatoria en el imaginario de los estudiantes secundarios contrarios a la dictadura. Tal como lo señaló Osvaldo Silva, “Fue importante, porque fue la expresión más alta de una utopía y de una voluntad concreta por participar, por sentirse actores, por adquirir, colectivamente una visibilidad social. Porq ue todo lo que cantábamos con los amigos, o todo lo que planificábamos en las reuniones, se hacía concreto en la realidad, no eran puras palabras, había que poner el cuero. La toma del Liceo A-12, no me cabe ninguna duda, fue un bello momento de poder”.

NOTAS:

[1] En 1976 se creó el Comité Estudiantil de Acción Solidaria, CEAS, a partir de la masiva expulsión de alumnos del Liceo Manuel de Salas, en su mayoría hijos de importantes dirigentes del PC; en 1978 se funda, en San Miguel, el Centro de Estudiantes Medios, conformado principalmente por una iniciativa de liceanos vinculados a la Juventud Socialista y a la Unión de Jóvenes Democráticos del MAPU OC. En 1979 son creadas la Agrupación de Estudiantes Medios, AEM y la Unión de Estudiantes Medios, UEM, en las zonas norte y oriente de Santiago. La primera funciona en Renca y Recoleta, y obedece al trabajo de masas del MIR, mientras que la segunda, de fuerte presencia del MAPU OC, de la JS y de las JJCC, agrupa a los principales liceos y colegios de Ñuñoa y Providencia. Entre 1982 y 1983 se funda en la zona sur de Santiago un nuevo Centro de Estudiantes Medios, esta vez como iniciativa de la Izquierda Socialista (pequeña organización de filiación trotskista de la vertiente "morenista" -por el argentino Nahuel Moreno, su inspirador- y de su Juventud Socialista. Esta minúscula entidad, junto al Frente Unitario y Democrático de la Enseñanza Media (FUDEM) y a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), formadas en 1983 y representativas de las zonas centro y oriente de Santiago, conformarán, en el segundo semestre de ese mismo año, la Coordinadora de Organizaciones de Enseñanza Media, COEM, a la que se alude en este relato.